sábado, 12 de septiembre de 2015

Perros al Tren

Se acabó el verano y les tengo que decir que mi mascota y yo lo hemos pasado divinamente. Para los que no lo sepan, les diré que tengo la suerte de compartir mi vida con una perra llamada Piper. Sí, es mi compañera, mi amiga y la considero una más de la familia. Si por mí fuera, me la llevaría a todos lados, incluso a trabajar. La gente que no tiene perros, a veces no lo entiende, pero pedirme que me separe de ella en vacaciones es como decirle a una madre que deje a su hijo en una guardería todo el verano porque el niño molesta. No se ofendan, padres del mundo, muchas veces sus hijos sí molestan, y cuando lo hacen la culpa no es de ellos sino de ustedes, los padres, que los tienen muy mal educados.

Recuerdo cuando yo era pequeñita, que al entrar con un mayor en el bus o el metro, ni se me pasaba por la cabeza sentarme, y si lo hacía tenía que mirar a mi alrededor que no hubiera ninguna persona mayor cerca. Si aparecía alguna, mi madre me soltaba un codazo para que me levantara en el acto y le cediera el sitio. Ahora subes al bus y ves abuelas hechas polvo de pie, cargadas con mil bolsas, y niños de 4 años sentados cómodamente. Mi último cabreo en este sentido se produjo el otro día, cuando me levanté para que se sentara una señora y la mujer le cedió el sitio a su nieta. Me indigné tanto que no me salieron ni las palabras. Algo debió notar la mujer, que me dijo: «Es que está muy cansada del colegio». Increíble, pero cierto. Y luego me miran mal cuando subo con mi perra Piper camuflada en una mochila, porque, por lo visto, en el bus el perro es más peligroso que en el metro y lo tengo que llevar metido en una bolsa como si fuera una pitón. En el metro la dejan entrar, pero me exigen que lleve un bozal. A mi pobre perrita, a la que apenas le quedan dientes y es absolutamente inofensiva y muda.

Luego están las playas. Esos lugares llenos de arena donde los humanos pueden fumar, tirar colillas y dejar mierda por todas partes y donde mi perra no tiene derecho a bañarse porque me puede caer una buena multa. He visto niños haciendo pis en la arena ante la mirada de sus padres, que no solo no dicen nada sino que les animan a que lo hagan y luego les aplauden. Esta es otra. La tontería de alabar todo lo que hacen los niños para que tengan una buena autoestima. Está meando, señora, esto lo hace bien hasta un mono. No hace falta decirle: «¡Muy bien! ¡Bravo!». No le sube la autoestima, está creando un monstruo que se sobrevalorará en un futuro, y este es un defecto muy malo para todos.

Como no quiero multas, el tema de la playa con Piper ya lo doy por imposible. Paso de indignarme y me pillo el AVE de Barcelona a Figueres para pasar unos días con la familia. Me cobran un 25% del billete para que pueda llevar a mi perra, que no ocupa ningún sillín. Se sienta en el suelo, en el transportín o en mi regazo, pero no me quejo. Pago su billete y viajamos las dos divinamente. Pero, claro, podemos hacerlo porque mi perra no pesa más de 10 kilos.
Les explico esto porque estoy super a favor de la campaña que ha empezado Sandra Barneda (la periodista catalana) en Twitter para que se acepten perros de más de 10 kilos en la Renfe. La petición, acompañada del hashtag #Perrosaltren, busca firmas para acabar de una vez por todas con esta tontería que hace años que esta solucionada en Europa. Amsterdam, París, Bruselas, Berlín... aceptan a sus mascotas en el tren sin problemas. Y no solo Europa. EEUU y Canadá cuentan con muchas ciudades dog friendly. Mi favorita: ¡San Francisco! Tiene cinco playas, 56 parques caninos y puedes llevar el perro absolutamente a todos lados.

La prueba de que este tema preocupa, y mucho, a las familias con perros en nuestro país es que la campaña ya ha cosechado miles de firmas y la cifra va subiendo cada día. A veces pasan cosas, es cierto. A veces los animales se descontrolan o no reaccionan como nosotros pensamos. Es triste, pero ocurre. Nadie tiene la culpa, son sucesos que se dan a menudo en el mundo animal y los tenemos que aceptar. Un ejemplo reciente: el pasado 22 de agosto, en la estación de Renfe Mollet-Santa Rosa un animal mordió a un revisor. Le arrancó el lóbulo de la oreja y luego se dio a la fuga sin que nadie pudiera alcanzarlo. ¿Pesaba más de 10 kilos, se preguntarán? Pues creo que sí. Era una animal de raza… ¡humana! Como lo leen. El pobre revisor, que se encontraba solo en el momento del ataque, fue intervenido de urgencia en el hospital.

Y luego los peligrosos son los perros, ¿no? No sé lo que cobrará este pobre hombre, pero estoy segura de que no es demasiado. También estoy segura de que podríamos destinar un poco más de dinero y recursos a la seguridad en los trenes, y también creo sin ningún tipo de duda que si le proponemos al revisor un cambio de vagón para ponerlo en uno lleno de perros, no dudará ni un segundo en decir que sí.

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