martes, 28 de abril de 2015

El Gran Título

Yo con mi primer perro

Últimamente, no sé si es porque mis amigas ya han llegado a los 40, están aburridas de levantarse los sábados al mediodía o sienten la llamada de la naturaleza, pero el caso es que han decidido ponerse a parir todas a la vez. Eso las que tienen suerte y todavía les quedan óvulos maduros, luego están las otras que los tienen congelados desde los 30 y ahora no les toca más remedio que hacer crecer el embrión. ¿Se imaginan algo más triste que estar pagando el alquiler de tus óvulos durante diez años para luego llamar a la clínica y decir que no los quieres?
–«¿Hola? Pueden tirar mis óvulos por el váter porque he decidido que paso de ser madre a los 50. Gracias».
Yo sería capaz de hacerlo. Lo que me parecía maravilloso a los 30 ahora me parece un suplicio. No es necesario que todas la mujeres creamos vida solo por el hecho de ser mujeres y tener ovarios. ¿Cuántas tenemos un horno pirolítico en casa que no sabemos ni cómo se enciende? Pues eso. No hago doradas a la sal ni tengo hijos. Pero aunque algunas lo tengamos claro, la sociedad no nos deja ser felices y no procrear con tranquilidad. Llevo una década recibiendo mensajes del estilo: «Hola, me llamo Marc y peso 3,800 kilos». La traducción literal es: «Ya he parido, he tenido un bebé y a partir partir de ahora soy superior a ti en todo». La relación con tu amiga muere el mismo día que recibes ese SMS, a veces incluso antes. Cuando empieza a hablar en semanas, monopoliza todos los temas de conversación hablando de lo fuerte que es crear vida y te enseña una ecografía que da terror. Nunca volverás a ver a tu amiga despierta, nunca volverás a ver una película de cine entera a su lado y se pasará el día paseando como un zombi de parque en parque. Ni se te ocurra llamarla después de las 9 de la noche porque no contestará.

El otro día, en el raro Viajando con Chester sin Risto, José Coronado le dijo a Pepa Bueno algo inquietante: «Si viviera otra vida, no me importaría tener una vida sin hijos. Para poder realmente buscar mi propia felicidad, no a través de otras relaciones». Me quedé de piedra. Para eso no es necesario no tener hijos, ¿no? Lo que hay que hacer es no tener relaciones de ningún tipo. Pero dudo que nadie pueda ser feliz así. La felicidad, creo humildemente, siempre depende de las relaciones con los demás; amor de pareja, de amigos, de abuelos, de hermanos, de conocidos, de perros, de gatos y si tienes hijos, pues también de hijos. Personas y animales que te hacen feliz solo existiendo. A veces, incluso te tratan mal o te decepcionan y tú a ellos, pero los quieres por encima de todo. La sociedad te aprieta cuando llegas a los 30 y te machaca otra vez cuando llegas a los 40 para que seas feliz solo a través de los hijos. No le gusta que busques alternativas diferentes o poco habituales. Les parece raro. Si eres soltera te tachan de friki y te miran con pena, pero como tengas pareja y no quieras tener bebés, entonces te convierten en una mujer desnaturalizada y egoísta que prefiere no reproducirse para poder ir al cine y salir de marcha. Tú te pones a la defensiva, les dices que eres feliz con tu perra y te tachan de loca. Pero de pronto pasa algo increíble que lo cambia todo. Alguien importante, muy importante, más importante que una amiga, te dice que va a tener un hijo. No sé como definir la sensación, pero el resumen sería que ese crío ni siquiera existe y yo ya soy más feliz. Es una felicidad como la de mi perra, que desde que la conozco, mi vida es mejor y me siento mucho mas afortunada. Les explico esto a las personas que no tienen animales y no se lo pueden creer; supongo que a mí me pasa lo mismo con los niños. Pero, de pronto, entiendo a mis examigas, tengo ganas de comprar muchos regalos, ir al parque, dejar de dormir, cantar canciones infantiles, montar en patinete y ¡saltar! La sociedad se relaja.. Se relaja porque aunque no voy a tener hijos propios, me voy a convertir en...¡tía!
Me da rabia que la sociedad me ponga etiquetas y me convierta en la tía solterona, pero pensándolo bien y muy sinceramente les digo que me gusta la idea de serlo. Me gusta ser feliz con lo que tengo y no me torturo pensando en que mi vida no se parece en nada a lo que me imaginaba de pequeñita. Comemos el tarro a los niños proyectando y ensayando cómo será el día de su boda y pensando nombres para sus futuros bebés. Luego llegan a los 40, por lo que sea no los han tenido y la frustración es máxima. Yo soy más feliz desde que vivo con mi perra y desde el momento en que acepté que no tendría hijos. Es como un clic maravilloso. Pasas del maldito reloj biológico que suena tan fuerte que no te deja vivir, a la paz más absoluta. Es como dejar de fumar. Primero te resistes, pero luego te das cuenta de que todo es mucho mejor. Hace cuatro días vivía tranquila, sin pensar demasiado en el futuro y de pronto esa llamada que lo cambia todo. Gracias hermana, por hacerme este regalo maravilloso. Regalarme el gran título y hacerme tan feliz solo con existir. ¡Nos vemos en el parque!

publicado en el Periódico de Catalunya el 26/04/15